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Gaucho Gaucho (2024) de Gregory Kershaw y Michael Dweck

  • 14 may
  • 3 min de lectura

Actualizado: 15 may

El gaucho y el caballo en la planicie = una unidad. 



Gaucho Gaucho (2024), de Gregory Kershaw y Michael Dweck, retrata la vida de los vaqueros en la región de Salta: provincia de vinos, montaña y vaquería. Allí, el gaucho y el caballo son uno. Han aprendido a convivir, a comunicarse. El movimiento de uno sigue al otro, acompasado y rítmico. Dominan el arte de montar, pero también la sabiduría natural: leen el cielo, el viento, el fuego y su humo.


En el documental no aparece un solo celular ni una televisión. Los niños juegan con caucheras hechas de palo, hacen carreras de caballos, envían señales de humo o retan al viento con sus grandes ruanas. Todo parece suspendido en otro tiempo, aunque no necesariamente en el pasado.


Los hombres adultos encarnan lo que llaman el “verdadero gaucho”: un hombre callado y medido, listo para actuar, resolver o atacar; que sabe andar a caballo y lleva siempre su machete. Antes de partir a sus travesías, pide bendición a la madre tierra y se encomienda también al Espíritu Santo. Su sincretismo no resulta extraño si se mira la historia de la colonización de este lado de América: mezclan las ofrendas ancestrales indígenas con la bendición católica. Lo importante es que la súplica funcione; que llegue la lluvia para las semillas, que no muera una res, que el monte les permita volver sanos junto a sus bestias y su ganado.


El documental retrata diferentes edades y escenarios de un mismo universo gaucho. Están los hombres mayores, endurecidos por el trabajo, con sus sombreros desgastados, sus trucos de montaña y su sabiduría informal equina. Está el padre con su hijo, que durante el verano le transmite su saber y tradición antes de que vuelva a la escuela; también se ve a los más pequeños construyendo amistad en el entorno rural, con formas tan distintas a las citadinas; y está también la joven gaucha que se enfrenta al peso de ser mujer dentro de esa tradición, pero que no quiere traicionar su llamado. Aprende de caballos, participa en torneos de monta y persiste incluso después de accidentes físicos.


El caballo aquí no es solo un animal: es un eje. A través de él se aprende a leer las montañas, a ganar duelos y a forjar el “verdadero gaucho” interior.


No hacen falta mayores lujos. El lujo es la montaña, el cielo abierto, los mensajes de las aves y de los árboles. También existe el ocio: la radio, los espacios de encuentro, las tabernas, los concursos de caballo.


Y aunque la mujer “debería” quedarse en casa, cuidando o haciendo trabajos manuales, el documental deja clara otra posibilidad: un gaucho nace donde quiere, incluso en el corazón de una mujer. En un cuerpo femenino dispuesto a romper el orden.


Las imágenes son hermosas: ella galopando a pelo en la llanura; los viejos reunidos jugando cartas y tomando vino; los niños corriendo entre matorrales; las madres tejiendo y sosteniendo, como siempre lo han hecho. Pero también resulta hermosa la soberanía de elegir no sostener más.


Este texto lo escribo desde la comodidad de mi ordenador, con el privilegio de quien sueña otros mundos, pero no los ha vivido. Tal vez alguien de ciudad nunca logre saborear del todo esta vida. Aquí sí parece aplicar aquello de que un verdadero vaquero nace y no se hace. Cada detalle cuenta: la hechura artesanal de las bridas, trenzadas a la medida del equino; la herencia transmitida de generación en generación; el conocimiento que no encuentras en instituciones, sino en la vida práctica, de frente con la tierra...


Admiro de lejos su humilde magia y su profunda simpleza para vivir. Pero también temo un poco sus estructuras tradicionales: funcionales, sí, aunque a veces romperlas fragmenta el mismo sistema de vida que durante años le ha dado sentido a cada una de sus idiosincrasias.


Vale la pena verlo, acercarse un poco a esa "otra Argentina" y expandir la mirada más allá del Buenos Aires o del Fin del Mundo.

 
 
 

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